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Cada uno con su cruz a cuestas. Y tú, ¿cuándo la dejas?

Parece como si el ser humano no supiera arreglárselas con el bien y la belleza, como si una tendencia en él, oscura y desconocida, quisiera poner la otra mejilla para recibir el golpe, persiguiera el dolor, el castigo, el zarpazo del destino arrebatándole aquello que le hacía feliz.

Como peces en el agua nos movemos en el malestar, en la angustia, competimos a ver quién está más enfermo, más pobre, más triste. Confundimos la compasión con el amor y en vez de dar amor -lo que produciría recibirlo- damos pena, para conseguir que nos compadezcan y así creer que nos aman. Pero eso, no es amor. 

Hay muchas personas así: su trabajo no les gusta o su pareja o su familia o sus amigos, o… , se quejan todo el tiempo de alguna de estas cosas, pero persisten allí, sobreviviendo en ese malestar, mostrándose como víctimas de sus circunstancias, pensando que algún día los otros cambiarán. Malestar del que, por supuesto, obtienen alguna ventaja: nada hace un humano que no tenga alguna, aunque sea inconsciente. La ventaja que obtienen es que el castigo calma la culpa.

La culpa, como la angustia, es algo que no podemos dejar de sentir, pero no hay que ofrecer sacrificios a la culpa ni a la angustia, porque eso no hace más que hacerlas crecer, las alimenta. 

Sé que me hace mal comer ese alimento, pero me lo como, me hace mal y encima me da culpa haberlo comido. Doble problema. Todos sabemos lo que nos hace sentir culpables, no lo hagamos. Es más fácil de lo que parece. El monstruo de la culpa crece y crece en nosotros y no se sacia fácilmente, busca castigo incansablemente, porque la culpa es uno de los afectos más desagradables que existen, junto con la angustia. Queremos erradicarlo y entonces terminamos poniendo la mejilla a cualquiera que alce la mano.  Pero un castigo no la calmará, si le ofrezco un sacrificio, pedirá más y más, insaciable.

Si te miras en el espejo y no te gusta lo que ves, no consigues esbozar una sonrisa, decir una frase amable de las personas que te rodean, saborear la salida del sol, una buena lectura, un beso compañero, una película genial, si todo lo que te rodea te disgusta ¿será el mundo el que está mal, serán los otros, o será tu mirada empañada por el vaho de la culpa?

Aprende a gozar, a tolerar la culpa con la que no se puede acabar, pero te aseguro que lo que sí se puede hacer es no trabajar para ella. No seas el “trabajador del mes” de tu culpa. Llegará el día en que puedas decir: yo antes me castigaba, pero dejé la cruz y seguí mi camino.


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