La maldad ajena no debe hacer que cambiemos nuestra forma de ser y que desconfiemos de todos los que nos rodean. La culpa nunca será nuestra, sino de los que intenten aprovecharse de nosotros. En ocasiones, pecamos de inocentes. No vemos venir las dobles intenciones, los egoísmos encubiertos o las falsedades envueltas en papel de regalo y acciones amables. La maldad, o mejor dicho, las traiciones o el interés ajeno es algo muy común en nuestras relaciones de cada día. Hay quien suele predicar aquello de “piensa mal y acertarás”, pero las buenas personas o aquellas que, sencillamente, prefieren siempre ver lo mejor de todo aquello que les envuelve, no suelen tener esta visión de los acontecimientos. La nobleza de corazón mira siempre el lado bueno de las personas , prefiere entregarse, dar segundas oportunidades y practicar la confianza. De ahí, que a lo largo de sus vidas se lleven más de una decepción. Te invitamos a reflexionar sobre ello. La maldad encubierta y lo...