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El contrato nupcial

¿Tiene sentido casarse? Al ver tanto matrimonio que se desbarata, no es tan fácil resolver este interrogante. Cada día uno ve más y más parejas que deciden separarse, sin importar cuánto tiempo llevan juntas. Hasta no hace mucho, cuando a uno le contaban que algunos amigos o conocidos habían tomado esa decisión, la reacción más común era preguntar incrédulamente: “¿Ellos?”. Hoy, en cambio, la pregunta es: “¿Ellos también?” Y es que cada día uno se va acostumbrando más y más a esa situación y en no pocas ocasiones ve cómo se derrumban matrimonios que se suponía eran sólidos como una roca.

Como reza el dicho, las apariencias engañan y los matrimonios son el ejemplo perfecto para corroborarlo. Porque nadie sabe lo que ocurre adentro después de que los dos cónyuges cierran la puerta de su casa. A mí por lo general me despiertan desconfianza las parejitas que parecen de melcocha, y se ufanan de que nunca han tenido un sí ni un no. ¡Ja! Y por otro lado me aburren las parejas que se la pasan en un permanente agarrón, peleando por todo, sin importarles dónde o con quién estén.

A mi modo de ver, el matrimonio es ante todo una sociedad, donde cada integrante de la pareja es un accionista. Cuando esa sociedad no tiene éxito y uno se separa siente que es el fracaso de una empresa, que de hecho es una de las más importantes que uno puede tratar de constituir en la vida. Por eso siempre he tenido la idea de que se debe establecer el matrimonio como un contrato renovable, pero definido en el tiempo, porque esa estipulación de que debe durar “hasta que la muerte los separe” es de por sí intimidatoria, matapasión, asustadora, terrorífica y hasta turbia.
Rosaura, una amiga mía escritora, coincide conmigo en este planteamiento, pero propone que sea de tres años, mientras que yo pienso que debería ser de cinco. La tesis de Rosaura es que a los tres años es cuando empieza todo a fallar y se comienzan a perfilar las ‘diferencias irreconciliables’. Si eso es así, me parece que uno no debe salir corriendo cuando se disparan esas primeras alarmas, sino que por el contrario hay que tratar de hacer todo lo posible para salvar el ‘negocio’, cosa que puede tomar cierto tiempo.

Aparte de que daría un plazo suficiente para conocerse, un contrato de cinco años tendría otras ventajas. Por un lado, obligaría a cada individuo a hacer un alto en el camino para evaluar qué está haciendo con su vida conyugal, tal como suele hacerse en la vida laboral.

Por otra parte, serviría para que ambos meditaran y tuvieran presente que el otro no va a estar ahí toda la vida por pura inercia, ni por obligación ni por costumbre, como ocurre a diario en tantas relaciones. Eso implica que hay que estar con las pilas puestas, si uno quiere que el otro renueve el contrato. Además, esa revisión periódica le imprimiría una dinámica diferente y novedosa al cumplimiento de los roles dentro de la pareja, que se verían enriquecidos al hacer una evaluación de lo que ha pasado en el quinquenio que va a terminar y sería un aliciente para afinar los desajustes, si la idea es seguir adelante.

Y si, después de uno o varios períodos, uno ve que las cosas no están saliendo bien y que definitivamente le toca separarse, el impacto puede ser menos fuerte, puesto que ya el tema no lo toma a uno por sorpresa. Habría tiempo hasta para pensar en la nueva vida de ex.

Y por último queda otra ventaja adicional: si todo sale bien, uno puede hacer una fiesta cada cinco años para celebrar la renovación del contrato. ¿Qué mejor motivo?



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